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UNA CANCIÓN DE LA NOSTALGIA
Porque todo el que se aleja de su
casa, deja el corazón bajo el dintel.
Permíteme volver a tu redondo abrazo vespertino,
a tus pequeños labios parpadeantes
entre los que desborda veloz cauce de vino desellado.
Porque todo el que va tras sus fantasmas
vuelve al débil cadáver de su infancia
que duerme en el más dulce terrón de los umbrales,
allí donde hay un duende preso en un silabario.
Déjame retornar alguna tarde en el humo de una fotografía
cuando un niño te nazca de los ojos
sobre la virginal labor de lino que bordas con tu llanto.
Que pueda oír el paso de una abeja por tu peinado de topacio
cuando naces de nuevo de tus senos, al mirarte en el fondo del estanque.
Déjame sí que vuelva a oír dormido tus pisadas
descendiendo, descalza, a las primeras líneas que hace el alba
en busca de un ligero par de alas
con que subir a los nidos de avena de las torres
o regresar hacia aquel tierno puesto de los tréboles
donde imprimiste el molde inaprehensible
de tu cadáver de aire, a mí abrazado.
Porque todas las tardes vuelve mi corazón a tus umbrales
y los rosados ojos de la madera del dintel se abren.
Así torno a la muerte de mi infancia
en la quieta y angosta claridad de mi calle
por la que a veces pasa un sacramento blanco con una campana.
Deja que pueda retornar un día
con la luz más delgada de mi sangre, llevándote en las manos;
tan delgada y tan tenue que imagines
que llega sólo el borde de una llama.
O, que pueda una noche, cerca de tu gemela cara
escuchar en silencio tus palabras
que cuentan las espigas que aún no mueren en mi alma.
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